jueves, 22 de marzo de 2012

LOS FANTASMAS DE LA VENTANA DE LUZ (Entrada (16)

Blanca alzó del suelo a la pequeña Carmen y limpió su cara,amarronada, con energia. Mientras el perro se sacudia el fango,dejando apenas espacio a Urrutia y a Armand que completamente embadurnados se miraban exaustos sin fuerzas para levantarse. Atras quedaba la odisea de cruzar por el interior del angosto tunel, lleno de tuberias y superar, gracias al providencial can, la reja que impedia el paso al otro lado.
Descansaron unos minutos. Luego habló Urrutia.
.-.- Hemos de cruzar al otro lado de la autovia y llegar al pueblo. Conozco a alguien de confianza que nos dará alojamiento.-
Aunque el tráfico a aquellas horas de la noche era escaso, cruzar la autovia A.2 en plena oscuridad era ciertamente peligroso. Habia que medir muy bien las distancias.
.- Cuando diga ya hasta la mediana y nos paramos.- ordenó Blanca haciendose cargo de la situacion.
Habian encontrado una cinta de plastico con la que improvisar una correa para el perro.
Blanca dió la mano a la niña, ésta sujetó al can y a la voz de ¡ya! Cruzaron hasta el lugar seguro. Urrutia y Armand les siguieron. En un segundo salto acabaron de cruzar la autovia.
Empezaron a andar en dirección a Torrejon. El perro les guiaba adelantandolos unos metros para volver luego moviendo la cola como si de un juego se tratara. Asi anduvieron un buen rato por el estrecho margen hasta encontrar aliviados un camino que bajaba hasta la orilla de un riachuelo. El sendero alli era amplio y discurria paralelo a la autovia.
Una luna creciente se reflejaba en el rio De repente el can cruzó entre las cañas de la orilla y chapoteó en el agua saltando y sumergiendose. La niña bajó a lavarse la cara y los brazos, los demas tras un momento de duda la imitaron.
Siguieron andando, el cauce se estrechaba y en la otra orilla ya se distinguian las luces de lo que parecia un poligono industrial, cruzaron por un pequeño puente y llegaron a una desierta avenida, alli el perro se detuvo, olisqueo el aire y de repente salió corriendo hasta detenerse cien metros calle arriba a la luz de una farola junto a un viejo citroen aparcado y ladró por primera vez. Ellos no podian saberlo pero el sensible morro del animal habia detectado un olor peculiar. El hombre del coche chasqueó los dedos y le conminó a alejarse. El perro algo confuso movió la cola y regresó con el grupo.
Siguieron un km más por la avenida que les acercaba al centro de la poblacion hasta que en una esquina el can se detuvo. Se arrojó sobre el asfalto rascando freneticamente su lomo contra el suelo y reclamando con las patas en alto una caricia. La niña se agachó y besó con suavidad su cabeza, apretando sus labios sintió aquel grumo de inteligencia canina latir contenido en aquel espacio de piel y huesos.
.- can bonico, can bonico, merced a ti nos salvamos.-dijo la niña comprendiendo que el perro debia seguir su camino.
El animal la miró como la primera vez en la alambrada y profirió un sonido tan semejante a un suspiro humano que todos quedaron sin palabras. Despues agitando la cola se fue calle arriba.
Durante un largo minuto le vieron alejarse por la acera y a todos les quedó en el animo un sentimiento infinito de nostalgia. En una baja frecuencia imperceptible para el oido humano, pero detectado por el inconsciente, les seguia llegando desde lo más profundo de la noche la despedida del hermano perro. .- can bonico, can bonico.- repetia la niña sin contener sus lágrimas.
Media hora despues ya caminaban por el centro de Torrejon. El profesor Urrutia habia contactado con un colega hijo del dueño de una inmobiliaria y podian disponer de uno de los apartamentos que tenian por alquilar. Alli les esperaba, pese a la hora intempestiva, para darles la llave.
El hombre escuchó el resumen de la situacion y acordaron que al dia siguiente les ayudaria en todo lo que pudiera.
Asi por fin, despues de tantas aventuras vividas en las últimas horas, pudieron subir al apartamento. Blanca y la pequeña Carmen dispondrian de la habitacion principal y Armand y Urrutia de la otra más pequeña.
Armand descorrió discretamente el visillo de la ventana de su habitación y miró a la calle. Empezaba a amanecer. Ningun coche circulaba por la moderna avenida. Solo un viejo citroen aparcado en la otra acera rompia con un toque anacrónico la armonia del paisaje urbano.

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