.-Recuerdo la primera vez que volé, tambien miraba por la ventanilla y me extrañó que el avión no batiera las alas. Tendria tres o cuatro años.-
Blanca compartió su recuerdo con Armand.
.- ¡ Que inocente eras entonces.-
Bromeó el joven. Ella no contestó. Durante un buen rato se instauró un reparador silencio; tregua necesaria para asimilar, si eso era posible lo que estaban viviendo.
Armand pese a las circunstancias se sentia feliz, porque tras haber perdido toda esperanza habia recuperado el único verdadero amor de su vida. Y todo aquel tiempo pasado de soledad y resentimiento quedaba redimido por el present. Ya no sentia el agudo dolor en las manos ni la autocompasión enfermiza, ni el flagelo de la ansiedad que periodicamente le visitaba. Era afortunado porque ella estaba alli a su lado y juntos harian el viaje por este mundo o por el otro.
Pasaron los siguientes minutos en silencio. Blanca continuaba con la cara pegada a la ventana. El veia por encima de ella como el cielo vespertino tan rabiosamente azul hasta entonces iba oscureciendose.
El avión volando por encima del delta del Ebro se adentraba rumbo oeste en la peninsula y entonces, en el momento en que el aparato giraba, un último reflejo de luz iluminó el perfil de la joven. El lóbulo de su oreja apoyada contra la ventana se convirtió por un momento en un rosado mapa transparente y en la enrarecida atmosfera de la cabina su cabello castaño brilló en el breve espacio de tiempo que el Sol la iluminó. Un Dios bondadoso movia allá arriba en nuestro cielo su linterna mágica para radiografiar a su princesa. Pensó Armand.- Justo en ese momento ella quitó la cara de la ventana y le miró a los ojos, parecia gratamente sorprendida de encontrarlo a su lado.

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